Todo a Babor. Revista divulgativa de Historia Naval
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Biografía de don Antonio de Escaño y García.

(Por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez y aportada por Antonio Luis Martinez Guanter).

Nació el 5 de noviembre de 1752 en Cartagena.

Sus padres: don Martín de Escaño y doña María Cristina García Garri de Cáceres. Sentó plaza de guardiamarina el ocho de julio de 1767, en la compañía de Cádiz, de la que era entonces capitán Jorge Juan. Terminados sus estudios embarcó en el navío “Terrible” y cruzo entre los cabos San Vicente y Santa María.

En una de estas navegaciones ya se distinguió, pues habiendo sufrido el buque un violento temporal, que le rindió el bauprés, trabajó en su reparación con el valor y destreza de un veterano hombre de la mar.

Pasado el buque a Cartagena, Escaño fue destinado a los famosos jabeques que Barceló en el Mediterráneo hacía célebres y precisamente en uno de la división de este valeroso marino, en mayo de 1769 recibió el bautismo de fuego embarcado en el jabeque Vigilante, que apresó dos escampavías argelinas en aguas de Barcelona el once de mayo de 1769. En octubre asistió al apresamiento de dos jabeques, uno de veinticuatro cañones el “Las” y otro de treinta y seis, el “Sain”. Por esta senda de hechos de armas fue distinguiéndose, su valor le hizo ser recomendado por su comandante, el teniente de navío Osorno, siendo habilitado de oficial el seis de febrero de 1770.

El veintiuno de agosto ascendió a alférez de fragata, embarcando en el “Vencedor”, de la escuadra del marqués de Casa Tilly, pero su misma recomendación anterior le llevó de nuevo a los jabeques, donde se necesitaban oficiales más valerosos.

Escaño fue destinado al jabeque “Atrevido” que mandaba Francisco Usatorres; hizo una campaña en este buque repitiendo sus pruebas de valor y desempeñando una arriesgada misión cuando formaba parte de la división de Vicente Doz.

Desarmados estos jabeques, fue destinado a la fragata “Santa Clara”, el ocho de octubre, y después al navío “Astuto”, a petición de su comandante Miguel Gastón.

En abril de 1774 ascendió a alférez de navío y embarcó en el “Santo Domingo”, con destino a Montevideo.

Desempeñó destinos en tierra: de ayudante del cuerpo de artillería, de subteniente en el 8º batallón de marina y de teniente en el 4º.

Estando en Buenos Aires, en el campo, en compañía de unos amigos y de una señora principal, ésta por encontrarse en compañía de europeos fue ofendida por un jinete del país, Escaño echó mano a la espada pero el jinete hizo que el caballo diese a Escaño un par de coses en el pecho, quedando tendido en el suelo presa de un vómito de sangre. Pasada la gravedad fue a Montevideo y seguidamente, creyéndose estar útil para el servicio, a España, en el embarcó en el “Nuestra Señora de la Misericordia”.

Al desembarcar en Cádiz, supo que había sido ascendido a teniente de fragata; pasó a Cartagena, al lado de su familia a terminar de reponerse, dedicándose con intensidad al estudio de la historia y de los códigos militares.

En 1778, sabedor el gobierno de sus progresos, le ascendió a teniente de navío, disponiéndose, que si su estado de salud lo permitía, pasase destinado a la escuadra de don Luis de Córdova.

Así lo hizo y estuvo embarcado en los navíos “Fénix” y “Santísima Trinidad” y después de encargándole detall para el armamento del “San Nicolás”, en cuyo destino se distinguió tanto que su comandante le recomendó para ayudante de la mayoría y de este modo empezó a poner en práctica los conocimientos que había adquirido durante su licencia.

Sirvió con los mejores generales, Juan Tomaseo, Buenaventura Moreno y por último, con el que había de ser su gran maestro, José de Mazarredo, que pronto conoció la capacidad de su ayudante.

Se impusieron la tarea de formar la mejor escuadra de la época. Así lo reconocieron los franceses en el canal, e incluso los mismos británicos, enemigos. En cabo Espartel se admiraron de la pronta formación de la línea de combate, de la rápida colocación del navío insignia en el centro de la fuerza y del cierre de distancia de la retaguardia al grueso.

Mazarredo, con modestia, decía que la razón del éxito era la prontitud y acierto con que Escaño hizo obedecer sus órdenes.

Ascendió en 1782 a capitán de fragata; con el mando de una división, compuesta por la fragata “Colón”, los bergantines “Infante” y “Vivo” y dos balandras, con la que hizo un crucero por el Mediterráneo.

Concurrió a la desgraciada expedición de Argel de 1775 mandando el “Infante”.

En agosto de 1783 fue nombrado primer ayudante del subinspector del arsenal de Cartagena y este destino le sirvió en gran manera para aumentar sus conocimientos de construcción de buques y carenas, así como de los armamentos y administración de los almacenes generales y de los de exclusivo; estuvo en este destino catorce meses.

En 1784, pasó a mandar la fragata “Casilda”, incorporándose a una división de jabeques a las órdenes del capitán de navío don Joaquín de Zayas, reanudando el incesante cruzar contra los moros y berberiscos; con esta división pasó a Mahón y allí tomó el mando de los buques surtos en él.

Formó parte, después de la división encargada de realizar el estudio comparativo de las construcciones inglesa y francesa; Mazarredo mandaba la división y al propio tiempo el “San Ildefonso”. Hizo la campaña de pruebas con los navíos “San Ildefonso”, “San Juan Nepomuceno” y las fragatas “Brígida” y “Casilda”.

Da idea del carácter entero y disciplinado de Escaño, el siguiente incidente: Para comparar la ligereza del navío capitana y de la fragata “Casilda”, mandó el general que se largase toda la vela; al arreciar el viento el navío lo aguantó perfectamente y partió a toda velocidad, no así la fragata que se escoró a punto de zozobrar; Todos instaban a Escaño que cortase la vela; éste, con mesura, repuso "Al general le toca mandarlo; él lo ha dispuesto y nos mira". Continuó hasta que se rindió el mastelero mayor y con esta avería terminó la prueba, adrizándose automáticamente el buque. Terminado este crucero pasó Mazarredo a efectuar una reforma de las ordenanzas, pidiendo como auxiliar a Escaño. Éste, al calcular lo larga que había de ser la permanencia en la corte, frecuentó los centros de cultura más importantes, cursando estudios de historia antigua y moderna, química y botánica, en los ratos que quedaba libre de sus trabajos de redacción de la nueva ordenanza.

No habían terminado aún la recopilación en cuestión cuando fueron embarcados, Mazarredo y Escaño, en la escuadra del marqués del Socorro, aquél como segundo jefe de ella y Escaño como mayor suyo; ambos trasbordaron al “San Hermenegildo”; al fin, viéndose que la escuadra permanecía estacionaria, fueron enviados a Madrid, a reanudar su trabajo; terminadas las ordenanzas, a mediados de 1793, y declarada la guerra a Francia, se le dio a Escaño el mando del navío “San Fulgencio”, para el armamento del cual tuvo que luchar mucho en Cartagena por la falta de elementos, teniéndose que dotar, también malamente con gente procedente de levas.

Una vez que pudo obrar por sí implantó a bordo la nueva ordenanza, demostrando a los escépticos cuán buenos eran los frutos que era capaz de dar aquella.

Existe cierta carta de un general de marina, inserta en el "Elogio de Escaño" de Francisco de Paula Quadrado, que retrata muy bien sus cualidades en el marco de su mando del “San Fulgencio”.

Ya en la bahía de Rosas, este buque quedó incorporado a las fuerzas del general Ricardos en su campaña del Rosellón. Reforzando la dotación de su navío con parte de los veteranos de los jabeques, mantuvo un arriesgado y constante crucero cerca de la costa, hasta la llegada de la escuadra del general Lángara. En este servicio pronto vio utilidad de sus estudios de química, en la lucha que tuvo que entablar contra las calenturas pútridas, uno de los azotes de aquella campaña.

En el golfo de León sufrió el “San Fulgencio” un violento temporal con grandes balances, uno de los cuales ocasionó a Escaño una fuerte contusión.

Al estar Tolón en poder de la escuadra anglo-española, se ordenó a Escaño, llevase a la plaza refuerzos del ejército del general Ricardos; tardó solamente veinticuatro horas, desde Rosas, pasó a Génova a hacerse cargo de un convoy de veintidós velas, con el que se remedió mucho la situación.

Al llegar a Tolón recibió orden de acoderar a su navío cerca del arsenal para contribuir a la defensa, pero pronto salió en comisión urgente para Génova en busca de trigo, que hacía tanta falta que el fuerte temporal que se avecinaba no fue obstáculo para la salida; le cogió al estar en el banco de las Casas y dio balances tan grandes que en uno de ellos pereció el capellán del navío, golpeado de una amura a otra; Escaño también cayó en el alcázar, siendo arrastrado por un chillerón de municiones; el segundo comandante, ante la perspectiva de una fatal consecuencia, aconsejado por el práctico, decidió arribar a San Eustaquio. Viendo que no era de confianza el fondeadero, Escaño, que había ordenado lo llevasen a cubierta, ordenó dar la vela y con gran presencia de ánimo hizo que el buque pasase rascando la restinga de Oristan, a la que le aconchaba el viento. Cuando acudieron a él para hacerle ver el peligro, dijo sonriendo: "En semejantes cartas se sitúan los bajos más afuera, porque sus autores quieren dar resguardo a su pereza en practicar los medios de construirlas con exactitud; sigamos navegando". Grandes dificultades se presentaron en Caller (Cerdeña) para obtener las veinte mil fanegas de trigo requeridas.

Cuando vio que no eran eficaces los emisarios se presentó ante el virrey, en camilla, pues aún su estado no le permitía moverse. Ante el espectáculo de un comandante pidiendo con tales argumentos y en tal situación, no resistió más el virrey y ordenó que el trigo fuese embarcado.

Aún no repuesto de sus lesiones y ya en Tolón, se le encargó que recorriese las líneas de defensa y diese un informe detallado. Dicho informe no gustó polo poco prometedor de éxitos que era, y se le ordenó llevar a Mahón el trigo traído de Cerdeña.

En este puerto ordenó alistar socorros para la llegada de los buques de Tolón cuya retirada había augurado, cosa que no tardó en suceder, pues al empezar 1794, llegó a Menorca la escuadra española con los fugitivos de aquella plaza.

Traslado emigrados a Cartagena.

Se le ascendió a brigadier y se le dio el mando del “San Ildefonso”, sintiendo dejar el “San Fulgencio”, que había puesto en tan buen estado.

Llevó a Liorna a los emigrados y siguió a Gaeta, donde desembarcó tropa napolitana. Al llegar a Liorna el gobernador se negó a aceptar a los refugiados, pero al final fueron admitidos gracias a la tenacidad de Escaño. De Antonio de Escaño dijo Azara, el embajador español en Roma: "El comandante del navío San Ildefonso es una cabeza privilegiada; marino que no tiene nada que envidiar al más engreído británico".

Regresó enfermo a España y, después de reponer su salud, estuvo embarcado en diferentes buques.

El cinco de febrero de 1796 tomó posesión de la mayoría general de la escuadra del general Mazarredo, que arboló su insignia en el navío “Concepción”.

Destinado Lángara a mandar el departamento de Cádiz, fue nombrado Mazarredo para el de la escuadra del Mediterráneo.

Escaño, que siguió de mayor de todas las fuerzas, expuso a su general el mal estado de los buques a él confiados y éste lo elevó al gobierno.

El general y su mayor pusieron en vigor la ordenanza y con ella la disciplina, que estaba algo relajada.

El cambio de ministro malogró todos aquellos beneméritos esfuerzos; Pedro Varela, sucesor del bailío Valdés, pidió nuevos informes sobre el estado de los buques, y Mazarredo, viendo que lo hacía para acusar al bailío, se limitó a decir que los informes eran los anteriormente dados.

Al considerársele partidario del ministro exonerado, se le quitó el mando, y a Escaño se le pasó al departamento, donde pidió licencia para los baños de Alhama, terminando el año 1796 entregado al estudio y a la confección del “Diccionario de Marina” que redactaba en unión de Churruca.

Al empezar el año 1797 se le confirió el mando del navío “Príncipe de Asturias”, asistió al combate del catorce de febrero sobre el cabo de San Vicente arbolando la insignia de don Joaquín Moreno. Allí dio pruebas de su pericia marinera y supo honrar esa desgraciada jornada de nuestros anales navales. Con el navío de su mando atacó y maniobró contra la tercera parte de la escuadra enemiga que viraba por contramarcha. Con esta atrevida y oportuna maniobra, emprendida en el momento crítico del movimiento del enemigo, contuvo a la fuerza contraria que se dirigía a doblar la retaguardia de la escuadra española y contribuyó a salvar, con su hábil y arrojada resolución, los navíos Santísima Trinidad y Soberano, que sin su maniobra se hubieran encontrado sin defensa. El Príncipe se portó eficazmente en el combate, y en el consejo de guerra en que se juzgó la acción nadie habló de Escaño sino para alabar su conducta y reconocer que su buque se había batido de manera extraordinaria.

Nombrado para el mando de la escuadra al anciano general Borja, se consiguió que el rey designase al fin a Mazarredo, y éste, como siempre, consiguió que Escaño fuese su mayor, encargándose de su cometido el uno de abril de 1797 y pocos días después del mando del navío “Concepción”, que era su insignia.

Escaño se dispuso a hacer de su navío un modelo, como había hecho de sus buques anteriores; se dedicó también a reorganizar la escuadra y a alistar las embarcaciones de la célebre fuerza sutil <<las cañoneras>>, con que Mazarredo defendió a Cádiz; aquella sirvió para neutralizar con catorce navíos a los veintitrés británicos, que bloqueaban el puerto.

Se rechazaron los ataques, hundiéndose dos navíos y una fragata y se consiguió en alguna ocasión forzar el bloqueo. Hubo que vencer grandes dificultades y soportar un bloqueo de dos años, pero se logró hacer fracasar a nuestros enemigos.

Al fin la escuadra francesa del almirante Bruix embocó el estrecho y la escuadra española salió de Cádiz en su seguimiento. Se determinó que ésta emprendiese sola la expedición de Mahón y con ese objeto se hizo a la vela, mas en el golfo de Vera le cogió un fuerte temporal que le obligó a entrar en Cartagena a reparar, cosa que se hizo solamente en un mes gracias en gran parte a la tenacidad del mayor general, que no abandonaba el alcázar de su navío. La escuadra se dirigió a Cádiz y después a Brest, puerto bloqueado por los vendeanos por tierra y por la mar los británicos.

Tomó el mando de la escuadra el general Gravina y al fin, por la paz de Amiens, se le mandó regresar a Cádiz, legando a los franceses dos hermosos navíos de 74 cañones, el “Conquistador” y el “Pelayo”, elegidos por ellos.

Al deponerse a Mazarredo del mando, también se relegó a Escaño al departamento de Cádiz, y ni sus méritos anteriores ni su reconocida pericia impulsaron a que fuese destinado a servir en alguna de las honrosas expediciones marítimas que por entonces se realizaron.

Cesó en el Mediterráneo el magistrado Caballero y entró el general Grandallana, que quedó muy sorprendido cuando Gravina, un día, le llevó en presencia del rey para decir al monarca: "Señor, me creo obligado a hacer presente a un rey justo la injusticia que se ha cometido con el primer oficial de la marina española, postergándolo en una promoción que acaba de publicarse; y, sin nombrarlo, V. M. y su ministro conocerán hablo del brigadier Escaño, tan digno de ceñir la faja, por lo que postrado a los reales pies no pido gracia sino justicia".

Dos días después era promovido a jefe de escuadra, el cinco de octubre de 1802, con el mando de los tercios navales de Poniente, en el departamento de Ferrol. Declarada nuevamente la guerra el doce de diciembre de 1804, pidió entrar en línea en los combates que debían ofrecerse; el gobierno le nombró mayor general de la escuadra a las órdenes del general Gravina, que exigió su nombramiento, Escaño empezó a ejercer sus funciones el veinte de marzo, embarcándose con este jefe en el navío “Argonauta”.

El nueve de abril apareció Villeneuve con la escuadra que había sacado de Tolón y se incorporaron a ella los seis mejores buques españoles, con un convoy que transportaba 2.000 hombres de todas las armas.

Hizo la campaña de la Martinica, fondeando en Fort Royal atrayendo tras de sí a la escuadra británica, como estaba previsto; en aquel puerto debían reunirse los buques procedentes de Brest y Ferrol para marchar al canal de la Mancha, con objeto de hacer posible el proyectado desembarco en el Reino Unido.

Conquistaron el islote con su fuerte del Diamante y apresaron un convoy cerca de la Barbada. Ante el seguimiento de la escuadra de Nelson, Villeneuve determinó el regreso a Europa.

Al amanecer del veintidós de julio tuvo lugar el poco decisivo combate de Finisterre contra la escuadra de Calder, le cupo buena parte de la gloria que adquirió la escuadra española en este combate, donde los nuestros se "batieron como leones".

Ya en Cádiz la escuadra combinada, Gravina, una vez enterado del parecer de Escaño, sobre si atacar a los británicos o esperar el ataque de ellos en el fondeadero, le encargó el armamento de una fuerza sutil como la que había sido tan eficaz en 1797; mas Napoleón había dispuesto las cosas de otro modo, y así la escuadra, después del borrascoso consejo de guerra a bordo del “Bucentaure”, salió a la mar para reñir la desgraciada acción del veintiuno de octubre.

Arbolaba Gravina su insignia en el “Príncipe de Asturias”, y en ese buque combatió heroicamente a su lado su mayor general.

Gravina le dio la consigna en una frase dicha cariñosamente, estrechándole la mano: "Pelear hasta morir", Escaño le contestó con una sonrisa y mandó arribar, presentando al enemigo toda la banda con que se rompe el fuego. Al ser herido el general Gravina le dijo: "Continuar sin descanso la pelea", y así se hizo.

Poco después recibió Escaño un balazo en una pierna que le obligo a sentarse, mas sin perder la voz de mando ni dejar de atender a todo. Al advertírsele la sangre que perdía, dijo “No es nada” pero cayó desmayado.

Hecha la primera cura, se hizo subir de nuevo al alcázar, donde volvió a perder el sentido, hasta que el ruido y un vaso de vino le reanimaron; mezclando su sangre con la del jefe de la escuadra española. Logró organizar la retirada de los buques que pudieron hurtarse al desastre y después la salida, para procurar salvar las reliquias de la escuadra.

El nueve de noviembre de 1805 fue ascendido a teniente general.

Al morir Gravina en sus brazos, en Cádiz, de resultas de sus heridas, pronunciaba estas palabras “Mi bastón de mando, aquel que nunca se ha separado de mi lado, se entregará, en cuanto fallezca, al dignísimo general Escaño, como prueba pública de haberlo empuñado bajo mi nombre”. El veinte de enero de 1806 fue nombrado ministro del Almirantazgo.

El quince de marzo de 1807 era recibido como académico de la Historia.

El dos de mayo de 1808 participó del entusiasmo general. Rechazó los cargos que le ofrecía el gobierno intruso, uno de ellos el mando de una escuadra que había de llevar tropas de Ferrol al Plata, amenazado por una expedición Británica. Se resistió hasta a los deseos de su maestro y entrañable amigo Mazarredo, jefe de la marina del rey José. Abandonado Madrid por los franceses, la junta Central le nombro el quince de octubre, ministro de Marina.

En el desempeño del cargo dio pruebas de sus vastos conocimientos; acudió con infatigable actividad a todo lo que exigía la defensa de España, en lo que dependiera de nuestra fuerzas navales para la seguridad de los puertos y de las costas.

Mandó abrir los arsenales para socorrer a los ejércitos y organizó la salida de navíos y fragatas, que trajesen los caudales de América. Es lástima que tomase las riendas de la Armada en ocasión en que ésta poco hacía, ya que los británicos se encargaron de la protección del comercio que antes atacaba.

Organizó Escaño nuevos batallones y brigadas de marinos al mando de jefes de la Armada, como los ya existentes, y esos cuerpos alcanzaron abundante cosecha de laureles, en los campos de batalla: de Ciudad Real, Talavera, San Marcial, paso del Bidasoa y Tolosa de Francia, etc. etc.

Deseando la Junta Central recompensar el celo del ministro de Marina, le nombró virrey y capitán general de Buenos Aires, negándose Escaño a aceptar tal cargo por hallarse la nación en peligro, poniéndose a las órdenes de la Junta para servir en el cometido que se le diese sin aspirar a mantenerse en el ministerio. Naturalmente, se le ratificó en él.

Dejó el ministerio de Marina el treinta y uno de enero de 1810, nombrado miembro del Consejo de Regencia que reemplazó a la Junta Central, disuelta poco después de la desgraciada batalla de Ocaña.

A este consejo se deben importantes medidas para la seguridad nacional y la reunión de las cortes.

El conde Toreno dice de él “En el consejo de Regencia, atendía exclusivamente a su ramo, que era el de Marina, Don Antonio de Escaño, inteligente y práctico en esta materia y de buena índole”.

Esta Regencia fue la que convocó e instaló las Cortes, que a la vuelta de tantos años de un silencio sepulcral resucitan, para dar nueva vida pública a la nación oprimida por todos los despotismos a la vez; la libertad política había reconquistado una tribuna, de donde salieron por entonces las mágicas palabras de libertad y de resurrección, voz que, si bien apagada en dos ocasiones y por períodos varios, había tenido tanto eco entre los españoles, que al fin hubo de triunfar.
Los regentes cayeron en desgracia de estas mismas cortes que habían convocado, y fueron desterrados; Escaño, al reino de Murcia.

No obstante, se aplazó indefinidamente la ejecución de esta orden y continuó en Cádiz siguiendo de cerca el desarrollo de los acontecimientos.

"Todo mi consuelo y esperanza—decía—son las Cortes de quien he sufrido tanto desdén...."

Continuó sus estudios en su retiro. Instalada la Regencia primera el treinta y uno de enero.

Cesó el veintiocho de octubre de 1810. las vicisitudes de los tiempos hacían muy azaroso el desempeño de la autoridad suprema.

Y bien debía figurar entre los más honradísimos el general que, al tratar de los informes reservados, que sobre la conducta de los oficiales de Marina, se remitían anualmente a la autoridad superior, rechazaba este sistema con pundonorosa indignación. Diciendo: “Este sistema es un manantial fecundo de personalidades y de injusticia; un refinamiento del despotismo y de la tiranía; debe desaparecer para siempre de entre nosotros y se debe excogitar otro medio, para saber el mérito de los oficiales, sin ofender los derechos del hombre”.

Según el conde de Toreno “Si el general Escaño, tenía apego a todo lo antiguo, también sabía levantar su autorizada voz, contra las practicas más antiguas de la delación anónima y de los informes, tenebrosos e inquisitoriales con mengua de los derechos del hombre”.

Al salir de la Regencia, pasó a ocupar un puesto en el Consejo de Estado.

Conociendo su fin próximo, otorgó testamento, legando a sus herederos una hoja de servicio sin tacha; la rica colección de instrumentos náuticos fue repartida entre personas que los apreciasen y usasen.

A la vuelta de Fernando VII fue nombrado comandante general del departamento de Cartagena, destino que no llegó a desempeñar.

El día once de julio, después de emplear la mañana en la lectura y dar un corto paseo, regresó a su casa y sentado a la mesa para almorzar, murió de un ataque de apoplejía.

El trece de julio era enterrado, llevando su féretro por seis robustos granaderos de marina, de aquellos cuya instrucción tanto había cuidado; las cintas eran llevadas por Caballeros de Santiago e iba rodeado por veinticinco marineros y otros tantos artilleros de brigadas.

Antonio de Escaño
Pintura del Museo Naval de Madrid.

 

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